El hombre sin rostro se preguntaba entonces. Su pecho volvía a arder como solo antes había ardido al estar en ella:

“¿Por qué aquella vez había sido distinto?”

Intuía que quizás solo ella tenía un vacío capaz de soportar la magnitud del suyo. Que debajo de todos los disfraces y las palabras y los arrebatos y los cambios de humor; a pesar de los «te quiero» y los «nunca más» que hacían de aquello un auténtico caos de emociones diversas humanamente imposibles de entender, había algo único y sincronizado; poderoso y bello; capaz incluso de fundir el infierno donde ambos habían habitado quién sabe cuántas vidas anteriores.

El hombre sin rostro prosiguió:

—Es la sinceridad de poder abrirme en un gesto. De dártelo todo a cambio de nada.  De no esperar ninguna respuesta y simplemente fundirme en ti, de frente, mirándote a los ojos; apreciando cada poro de tu piel y tu belleza, tus miedos y trastornos, tus gritos y pasiones. Vaciarme en ti. Morir y renacer, como ya tuve la inmensa suerte de vivir una vez. Pero esta vez en ti. Un contenedor de todos mis males.

Paró un par de segundos para atender a la sensación de calor que sentía en su pecho ahí donde una vez solo había un inmenso boquete que iba desde el cuello a los pies. Prosiguió mientras sentía esa fuerza que nunca antes había sentido. Estaba vivo.

—Y en ti la luz. La inmensa fuerza que calienta y da vida. Que irradia la esencia y la magia que es eso. La pureza del amor cuando dos almas rotas se suturan en una inmensa bola de fuego capaz de fundir cualquier abismo. Desde el vacío.

Ella ni se inmutó.

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