Apartar con sutileza lo que no es. Lo que desvía. Lo que ensucia. Lo que trae ruido.
Aprender y entrenar el arte de retirar con un sólo gesto del dedo índice, como el que mueve una fina cortina, todo aquello que ensombrece la visión clara y pristina del caudal que fluye frente a tus ojos. -Ahora no tú, obstáculo-. Y apartado con sigilo, se desvanece.
Y mirar entero aquello que es.
En este momento sólo tú, Esencia.
En este momento sólo arroyo. En este momento sólo el sonido del agua que fluye. La vibración de lo que es y debe ser.
Pequeños demonios intentarán romper ese orden en distintos tramos del cauce. Tú sonríes y relajas el cuello, el rostro, la cabeza, conociéndolos ya.
–Ajadí Madishí, Shuepáh, Shuepáhiá–.
Uno. Dos. Sueltas la tensión del brazo, sueltas las piernas. Suelta esa memoria. Suelta esa limitación, Suelta esa historia contada, que en el origen no es ni tuya. Suéltalo. Despréndete de todo. Despréndete de la riqueza, del confort, de la palabra.
Despréndete de la tensión. Despréndete del miedo que es otra sensación más que a veces nos roba el momento, la vida incluso, y que tiene también su lugar, pero debemos aprender a bajarlo del trono, porque ése no es su verdadero lugar. Su espacio es otro.
Aquí y ahora, no más. Con tu esencia. En tu esencia.
Recuerda quién eras cuando eras un simple bebé y el mundo se abría por primera vez a tus ojos. Qué dicha. Qué alegría. Recuerda tu esencia. Recuerda cuando eras un ser en el agua, flotando; mecido en ese estado original. Sin tensión alguna.
Derrite la tensión allí donde ocurra con la luz de tu atención, mirándola, dejándola el espacio para que cambie ese chirriar de todo lo que sobra por la vibración unísona del cauce que recorre ya casi todo.
Deja que el agua haga lo suyo y lime las asperezas que encuentra en su camino.
Dale espacio. Déjala ir.
Todo tu ser es un manantial.
Tú eres el agua y el camino.
Todo está en ti.
Todo cabe.
Hay espacio para todo.
(…)
Había un pequeño hilo de agua que fluía entre unas ásperas rocas allí donde antes no aparecía nada. Y mientras más atención le prestaba la niña, más agua parecía brotar de las piedras. El sonido del agua al chocar con las piedras y el brillo del reflejo del agua cada vez más potente parecían absorber todo lo demás. Pronto el hilo de agua que allí había aparecido al parecer de la nada se había convertido en un arroyo. El caudal aumentaba y aumentaba. Todo lo que pasaba es que Lucía no paraba de soñar con un potente e inmenso río. Y lo deseaba sin miedo a nada. No tenía nada que perder. ~