Cosas vederes amigo Sancho…

La catarsis puede llegar de muchas formas. No obstante casi siempre se necesita un revulsivo lo suficientemente drástico para cambiar la forma que tenemos de ver y entender la realidad.

Yo no soy escritor. Ni mucho menos artista. Tampoco soy albañil. Ni soy gay, ni tatuo, ni sé las contraseñas de ninguna de las múltiples cuentas de Instagram que dejé atrás. 

Mi último coche ya no es un r8 naranja con asientos de terciopelo a juego, ni soy capaz de hacer que el dardo atraviese la malla de miedos, mentiras y otros obstáculos que se interpone entre la diana y este sujeto más a menudo que el resto.

Sigo sin hablar a penas con mi madre porque me aturde su personalidad. Es mi madre, la quiero y no puedo con ella. Esa es la realidad a día de hoy. ¿La pretendo cambiar o le echo la culpa de lo sumamente mendrugo que he salido?

Pues no. No toca.

El primer paso hacia la madurez es reconocer tu responsabilidad en tu estado actual.

Si eres o has sido un inocente déspota, marqués del currupipi, niño de mamá y de papá, con todo a su favor, con todas las puertas abiertas, imbécil, desubicado, inconsciente, pagafantas, alienado, chantajeado, con historial delictivo, pendiente de entrar de nuevo en alguna cárcel, embargado, sin furgoneta, con una casa en ruinas, sin gata, ni perro, ni novia, ni niños, ni profesión…

Si lo único que te sale cuando las cosas no te salen es ser un cretino, un pequeño dictadorzuelo sin ejército a su cargo, sin voz ni concierto. Si no te cree ni tu padre, ni mucho menos tus hermanos. Si tu gente cercana te teme y a lo más que llegas es a ser bloqueado y denunciado por las chicas con las que sales, quizás, solo quizás sea buen momento para mirarte en el espejo y decirte:

¡Feliz Navidad guaperas! ¡Estás echo un monstruo y que siga todo igual en el 2026!

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