–¿Qué quieres ser? Preguntó el gato que miraba a Lucía con su único ojo, el izquierdo, de forma totalmente fulminante, sin tapujos, cariño o hipocresía alguna.
En esos días, cualquier mono hubiera sido juzgado y condenado si mirara de una forma tan contundente y directa a otro mono, o mona. La ley de Delito de odio constituía que cualquier motivo que supusiera un sentimiento negativo en la víctima podría ser perseguido y enjuiciado por el bien y la seguridad de la comunidad, claro está.
Todo cabía desde hace algún tiempo bajo ese paragüas infame promovido desde la esfera política y mediática del Sistema y que permeaba ya a todas las áreas del día a día de una población cada vez más arrinconada.
La palabra había sido la primera en caer, pero inevitablemente la falta de comprensión de esta misma escondía la realidad del asunto. La palabra es un simple dibujo de la situación. La palabra no es necesaria para comunicar absolutamente nada. Un gesto y una simple vibración eran suficientes según qué caso para demostrar cualquier sentimiento. El odio había sido desde hace algún tiempo uno de los objetivos a erradicar de la faz de Saturno por según qué interesado o ignorante de pacotilla obsesionado con mandar sobre los demás.
Algunos decían que la misma Bestia estaba detrás de todo esto. Y quizás llevaban algo de razón. La ignorancia de una mayoría absurda, dócil, perdida, cobarde, alienada y básicamente dividida e incompleta hasta en lo más profundo de su ser había convertido todos los mapas de conocimiento de todas las comunidades anteriores a ellos en incomprensibles, irrelevantes, ignorados, abolidos e incluso según qué sitio, directamente quemados en alguna guerra entre hermanos.
«No hay nada más peligroso que no entender tu propia oscuridad». La frase a la entrada del templo había sido explícitamente borrada de todo texto educativo o cualquier panfleto de Gobierno.
Los profesores y mentes lúcidas de décadas atrás que habían osado ir en contra de las políticas de género e igualdad, cuando no muertos en sospechosos accidentes, habían sido tachados y eliminados del discurso político y todos los canales de televisión e Internet.
El mismísimo presidente de la nación más poderosa del mundo y capaz de mandar a todos a freír espárragos con el movimiento de un solo dedo era el primero en ser tachado y silenciado por promover el odio por estos otros tipejos convencidos en su pulcritud y su buenísmo recalcitrante.
El problema es que casi más de la mitad del planeta de las 146 lunas estaba convencida ya de que ellos eran realmente buenos e incapaces de ser malos y que los otros eran algo así como seres despreciables carentes de cualquier tipo de humanidad por no comulgar con su manca ideología.
Nunca se había visto una situación global con tanto mono convencido de tal perversión.
–¿Qué quieres ser?, volvió a repetir con su mirada el gato.
El viento volvía a sentirse incómodo como indicando la urgencia del asunto.
–¿Buena?, ¿Mala?…¿o Entera?
Se oyó el rechinar de cadenas y un inmenso crujido rompió el suelo bajo sus pies llevando a Lucía a un insalvable estado inconsciente mientras caía cada vez más rápido por la grieta.
(…)
Intoxicada por la palabra, recuerdo una vez más que el desorden es un abrigo con cientos de bolsillos, girones y pesadas cadenas de oro y plata. Historias, intereses, dinero, fama.
Vuelvo a recordar el sabor metálico del collar agarrado con dos argollas a cada extremo de la boca. La gravedad convierte lo que un día fue una sonrisa en un gesto de agonía.
El cuello tenso y el ceño fruncido vuelcan la cabeza hacia adentro exhibiendo una cresta rubia justo en medio de donde una vez hubo una corona iluminada. El aire se siente pesado. Las chicharras rechinan sus timbales como si el demonio las llevara.
La historia vuelve a repetirse una y otra vez para que todos la suframos hasta que alguien diga de cambiarla.
¿A dónde vas?, ¿De qué huyes?
¿De ti mismo?
¿De tu oscuridad?
«Solo los fantasmas no proyectan sombra alguna». La última frase que escuchó del gato justo antes de caer en el abismo volvía a resonar en el estómago de Lucía.
El mundo había sido tomado casi por completo por la Bestia. Y ella seguía encerrada en aquella celda.

(extracto de Lucía en Saturno)

