
La Bestia ataba de su cola a cada una de las almas por sus gargantas y las llevaba encadenadas unas a otras bajo su inmensa barriga. Cada individuo formaba parte de ella y ella no era más que la suma de cada mentira de cada uno de ellos.
Los silencios -mentiras incluso peores por la carga que supone no tener la valentía de haber confrontado el asunto en su momento- habían convertido al monstruo en una criatura dantesca. Tan grande y pesada que devoraba ya todo a su paso por el abismo. Pronto no tendría más espacio ni más comida en las profundidades y entonces sólo le quedaría un lugar al que acudir.
Como siempre ocurre, la historia se volvería a repetir: un inmenso volcán explotaría, la tormenta fundiría rayos con fuego y La Bestia despegaría con tal furor, directa a las estrellas, que hasta una de las lunas explotaría.
En ese momento la mayoría comprendería finalmente el precio real de haber vendido su alma al diablo. Ya no habría sitio alguno al que huír. Cielo y tierra se fundirían en un inmenso infierno.

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